lunes, 16 de agosto de 2010

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2.21 pm

Querido diario,

Hace diez minutos que he decidido levantarme ya de la cama y pasar del pitido ensordecedor que llevo escuchando como un runrún en mis oídos. El sonido es parecido al de un motor de coche atragantándose con su propio humo.

Llevo unas ojeras que me asustan y un sueño pidiendo a gritos descansar. Que más quisiera, si por lo menos pudiera echarme algunas cabezadas, pero ni eso. El ruido es insoportable.

Llamé a Camilo ayer por la noche, me dijo que había quedado con Blas y que seguramente iba a necesitar tiempo, sudor y risas para poder hacerle ver que todo se soluciona con el tiempo. Eso es lo mismo que puse yo en práctica hace tres meses, cuando conocí a Lucía en el examen teórico de coche. Aún me sigue dando grima verla al volante, y más con el accidente del viernes. Pobre Arboleda, con lo que la cuidan y en lo que se está convirtiendo paulatinamente. Yo creo que al ser la veterana del grupo me causa más impresión todo el asunto del almacén abandonado y el gran descubrimiento que eso significa. Es una casa independiente para todos, es algo que cualquiera desearía tener, un lugar para refugiarse en todo momento. Nos reunimos allí un par de días a la semana, para charlar, pasar un buen rato y ver alguna de esas películas tan cutres que tanto les gusta a los chicos. No son mi género preferido, pero siempre es mejor que quedarse encerrada en casa tirada en la cama escribiendo en ti, no te lo tomes a mal. Por cierto, hemos quedado de aquí a una hora, debería intentar parecer menos enferma terminal.

Les debo mucho, aunque Fátima siga igual de borde que el primer día conmigo. Creo que me tiene en el punto de mira y no le gusta que alguien más se acople al grupo. Los demás me han dicho que ella es así, así que tampoco le doy mucha importancia. Poco a poco me voy dando cuenta de que todos tienen un carácter muy especial.

La primera vez que conocí a Lucía parecía derrotada, con la cabeza gacha y arrastrando sus propios pasos. Me dio mucha vergüenza, pero conseguí hablar con ella. Me dijo que había suspendido cuatro veces seguidas y que el dinero no le salía por las orejas, precisamente. Me causa la sensación de que la Lucía de entonces era mucho más real que la de hoy en día, aún con su punto de locura, era más estable. Ahora parece que se pase la existencia flotando en las nubes; no sé me ocurre como ayudarla. Siempre que le pregunto si está bien me contesta con una gran sonrisa y me dice que es mejor reirse de la vida, que vivir riendo y acabar consumida por el tiempo. Aún le sigo dando vueltas a esas palabras, a esas y al maldito ruido del infierno que me está perforando el cráneo.

Unas semanas más tarde decidió presentarme a los demás, para entonces, ya se iba por las ramas y se quedaba con la mirada perdida y la sonrisa pegada a la cara. Fue cuando conocí a Blas, al que considero más normal de todos. Sólo tiene una pega, y es que está colgado de Fátima de la manera más obsesiva que haya visto en mi vida. Es algo digno de ver. Siempre que aparece a su lado es como si el mundo se redujese a ellos dos, sólo que Fátima prefiere reducirlo a ella sola y mandar el mundo a tomar por culo. Pobre Blas.

Camilo es otro dilema. Se pasa el día intentando serenar los ánimos y siempre tiene algo que contar, siempre. Puede estar hablándote del desayuno de esa mañana y al minuto siguiente estar charlando contigo sobre el posible meteorito que caerá en el pueblo como no nos mudemos pronto. Ese chico tiene una obcecación con hacer desaparecer el pueblo que raya la paranoia; aunque lo entiendo, es como la última mierda del mundo aglopada en tierra de nadie. Aunque es un sol, y todos lo sabemos. Y es un sol que me gustaría tener para mí.


Dejé de teclear por un instante. Que barbaridades llegaba a pensar.

Y luego están Fátima y Fede. Están hechos unos figuras: una pasota y el otro aragán. Vaya panorama. Fede no suele venir mucho, ya que dice que prefiere descansar bien y luego tener las fuerzas suficientes para empezar el día; o la noche, según se despierte. Y Fátima... bueno, no es que me caiga mal, sólo es que es un poco idiota, bastante idiota. Aunque odio que se me traben las palabras y no pueda mantener una conversación con ella más de un minuto sin chillar. Chillando ella, por supuesto, yo con la cara roja y haciendo ademán de escupirle a la cara. Siempre son discusiones, sea el tema que sea. Sigo en mis trece al decir que esa chica me tiene manía.

Ui, llaman a la puerta, dame un segundo.

Dejé con cuidado el portátil encima de la mesita de noche, apartando algunos libros y alisándome el pelo con las manos en un intento fallido de parecer más arreglada.

Abrí con ilusión, me encantaba la idea de que alguien me viniera a ver, nadie lo hacía antes, cuando pasó todo lo que pasó…

- ¿Fede? –me sorprendí a mi misma diciendo su nombre. Era demasiado extraño verlo a esas horas tan tempranas y más viniéndome a ver a mí -, ¿qué haces aquí?

- Coño, eres peor que el poster de alienígenas que tiene mi hermana colgado en el techo –improvisó una carota mientras me moría de vergüenza.

- No es mi mejor día.

- Ni tu mejor semana –apuntó -. En fin, por ahí van los tiros, la tonta de mi hermana no aparece. Te llamé al móvil para ver si sabías algo de ella, igual que a los demás, pero parece que todos preferís tenerme en silencio.

Caí en la cuenta de que lo había parado cuando el pitido de mi cabeza fue a más.

- Se habrá quedado sin batería; fallo mío - si me hubiesen puesto un aro en la cabeza seguro que tendría pinta de un ángel caído o algo por el estilo.

- Total, que aquí solo estás tú con tu catarro y el mierda ordenador de las narices donde apuntas a saber que cosas –dijo señalando por el rabillo de la puerta el portátil, que acababa de caerse y se encontraba abierto por la mitad en el suelo -. Eso sí que lo tienes bien a tope de bataca, ¿eh? -me dio un codazo con gesto socarrón.

- Sí, cosas de las que no me aclaro ni yo.

Hubo un breve silencio.

- Estará cabreada porque tardé un poco más de tiempo en irla a recoger, ya se las apañará. -se subió la cremallera de la sudadera-. Será capulla, hasta cuando no está me hace la vida imposible. Me voy a la Arboleda y así de paso me estiro un rato allí.

- Seguro que es algo de eso, Fátima suele ser así, ¿no?

- Como la conoces tanto –susurró, haciendo que el aire me pareciera más pesado –en fin, hasta dentro de una hora, Heleni.

Justo cuando iba a despedirme en mi cabeza afloró una guerra de sonidos incesantes.

Fede levantó la mano desde la escalera y la dejó caer a un lado. Ladró algo así como: arregla-tus-putas-pintas-de-yonki y luego le perdí el rastro. En el fondo, quería a su hermana, le volvía loco el que pudiera pasarle algo, pero es que Fátima, como todos sabían, era la mujer de hierro, y no creo que nada malo pudiese pasarle.

Sería mejor darme una ducha e ir para allá. Pero antes, me abalancé en busca de mi portátil. Con el alma en los pies, me pusé a escribir; no me gustaba dejar las cosas a medias. Que le diesen a mi apariencia monstruosa.

1 comentario:

mimi dijo...

¿De que vas? Y estas escribiendo mal, mala persona!
YA VENGA, NO TE PAGO PARA VAGEAR!
JUM ¬¬

me encanta la historia, sigue! quiero saber que ha pasado con Fátima, y que le paso a Heleni!

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Un cigarrillo a medio fumar. La sombra que piso cuando sale el sol. Hilos que no saben que demonios tejer. Esa mirada perdida. Un socavón de la profundidad de un abismo. Un día gris. Ese puede que sea yo.

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