martes, 17 de agosto de 2010

8%

2.43 pm

Que palo, ya ni los coches eran cómodos. Después de estar en casa de Heleni me había acomodado en el viejo Ren, el trasto que tenía una chapa con el logotipo de Renault (los nombres nunca fueron mi fuerte, si no que se lo digan a Gato, mi pequeño ratón). Siempre he desmentido eso que dicen de que los tíos que les ponen nombre a sus coches sufren idiotez, en mi caso, se podría decir que sufro debilidad por los espacios mullidos, y este en concreto, tiene la forma de mi trasero bien moldeado, como a mí me gusta. Como se nota que ya hemos pasado nuestros años mozos.

Por más que quise quedarme un rato largo en el coche, me pudo la imagen de aquel sofá desgastado que tantas tardes me había acojido entre sus cojines. No era el más bonito ni el más grande, pero te podías tirar allí las horas que quisieras que si cerrabas los ojos podías incluso imaginar que estabas en el paraiso. Bendito sofá. Lo trajo Camilo cuando se mudó por última vez. Ese chaval siempre ha estado cambiándose de casa durante toda su infancia, al final terminó aquí. No sé como a sus padres se les ocurrió la brillante idea de largarse de la ciudad y venirse a vivir a este pueblucho del tres al cuarto, y más, con todo el pastón que maneja su madre. Menudo personaje está hecho. Si yo tuviese la mitad del dinero que tiene ese tío ya haría mucho tiempo que no andaría por estas callejuelas. Ya de pequeño estaba hecho un toro, y todos sus compañeros de clase lo confundían con un rascacielos humano. Lo conocí un día en el recreo. Mientras yo meaba en el cuarto de baño, escuché de fondo unos gemidos mezclados con sollozos. No me suelo meter en la vida privada de la gente, más que nada, por que todo el mundo tiene problemas, y yo que ya tengo suficientes con los míos si encima tuviera que estar pensando en los comederos de cabeza de los demás, sería un auténtico caos. Por eso, cuando descubrí que esos llantos provenian del tipo más grande de la escuela me chocó mucho. Fue entonces cuando me di cuenta que me había dejado llevar por los comentarios y había caído en los tópicos. Camilo no era más que un trozo de pan que necesitaba un buen amigo con el que hablar. Siempre se llevó mejor con Blas que conmigo, pero yo lo conocí primero.

Llegué a la Arboleda caminando, pues el almacén está construido en un lugar por el que sólo se puede acceder andando, y a parte, Ren ya contaba con demasiados rasguños en su tapizado como para darle un disgusto más a mi cartera. Quita, quita.

Me quité la sudadera y la lancé a la butaca donde se suele sentar Lucía de las maneras más imposibles que uno pueda imaginar. Hay veces que se sienta alzando las piernas, con los brazos estirados para tocar con sus dedos la punta de su pies y encima torciendo la cabeza como un velociraptor mientras las coletas se le balancean haciendola parecer un reloj de cucút. Un poco subnormal si que está estos últimos meses, no sé que mosca le habrá picado.

Cuando al fin me estaba relajando noté como el móvil me vibraba en el bolsillo. Si no fuese porque Fátima no me cogía el teléfono cuando la llamaba y porque hacía rato que me estaba trayendo de quicio la idea de que le hubiese podido pasar algo, lo habría dejado estar y ni siquiera hubiese contestado.

En la pantallita iluminada se podía leer el nombre de Blas. Que cabrón, cuando yo lo llamaba no me lo cogía, pero él si me podía joder la hora de la siesta.

- ¿Dónde te habías metido, pedazo de piña con patas? –pregunté medio arrogante medio perezoso.

- Ayer fue una noche muy larga, me acabo de levantar hace nada. -carraspeó fingiendo hablar más ronco de lo normal-. He visto que me habías llamado cinco veces, y eso en ti es como si la salsa de tomate supiera a mostaza.

- Muy obtuso –refunfuñé.

- ¿Fátima ha vuelto a cargarse el reproductor de música del almacén?

- No, más bien se ha cargado su existencia y no tengo ni idea de por donde anda. Pero visto lo visto, ya veo que contigo no ha estado. Aunque no sé porque no me sorprende, hace tiempo que debería haber pasado de ti. Por fin ha vuelto a reaccionar, aunque sea por enésima vez.

Noté como el silencio se volvía incómodo.

- ¿Fátima ha desaparecido? –parecía preocupado de verdad.

- Bueno, tampoco hay que exagerar. Simplemente no sé nada de ella desde ayer, que me pidió que la fuese a buscar porque se había quedado con el coche averiado en medio de la nada. Y entre eso y que yo llegué un pelín tarde pues ya te puedes hacer una idea. Aunque conociéndola, habrá parado a algún camionero calentito y ahora estará durmiendo en su cama mientras el muy cerdo le prepara el almuerzo. Mi hermana es jodidamente lista cuando quiere.

- Sí, eso suena muy a Fátima, pero me da que no. Quizás si la llamo yo igual me lo coje.

- Por intentarlo…

- Luego te llamo. Adiós.

Ni me dio tiempo a despedirme. Me dio la sensación de que de repente Blas tenía una prisa insana. Ése chico podía llegar a ser muy pánfilo, pero si de algo estaba seguro, es de que estaba hasta las trancas de mi hermana. De verdad, nunca le vi futuro a esa relación.

En fin, ahora ya podría tomarme mi merecido descanso.

Pues no, se ve que todo el universo estaba en contra de que me durmiera media hora. Fue un grito desgarrado el que me cortó el sueño. Había sonado en la parte de atrás, seguramente en la despensa. El almacén era pequeño, pero aún así constaba de la habitación principal, donde estaban todas las cosas que utilizabamos a menudo y donde solíamos estar. Una segunda planta más pequeña que el maletero de mi Ren y una despensa, donde dejábamos las utensilios para la cocina y algunas reservas de comida. Entre nosotros lo llamábamos en broma el pequeño búnker de la Arboleda.

Fui chocando con todo con lo que me encontraba en el camino, el grito me había dejado muy mal cuerpo y me había cagado de lo lindo. Si hay algo de lo que no me averguenzo es de que puedo tener miedo y llorar de vez en cuando, vale que seamos tíos, pero eso no nos convierte en máquinas. Veo estúpido que la mayoría de chicos se crean más hombres diciendo algo que todo el mundo sabe que es mentira.

En un primer momento pensé en algún animal salvaje, ya nos había pasado un par de veces, y los tuvimos que sacar a base de escobazos. Lo malo es que la escoba se encontraba dentro de la despensa.

Se repitió de nuevo, ahora algo más flojo y dos de golpe. Ahora sabía con claridad que se trataba de una chica, y sólo se me ocurrían tres posibilidades.

- ¡¿Lucía, Heleni, Fátima?! –grité mientras me acercaba a la pequeña puerta que manteníamos cerrada con un candado oxidado.

Volví a llamarlas y acerqué el oído a la puerta. Podía escuchar pequeños aullidos entrecortados. Rápidamente rebusqué en mis bolsillos la llave de la despensa, pero caí en la cuenta de que había dejado el llavero en el coche.

- Joder, ¿quién hay ahí?

De nuevo, esos aullidos apagados.

Respiré fuerte y emprendí carrerilla. Tuve que intentarlo dos veces para que diese resultado.

Dios, y eso que no creo en él.

Lucía estaba tendida en el suelo, era como si se hubiera desplomado sin más. Pasé un momento de parálisis y luego me acerqué a ella con apremio. Se escuchaba un ronroneo sordo.

- !Lucía, Lucía, despierta! -la sacudí y le intenté dar la vuelta.

Menudo susto me llevé al ver como Lucía abría los ojos de repente y se me tiraba encima. La muy zorra se hechó a reír y me dijo que había caído en su trampa. En ese momento me entraron unas ganas de clavarle una hacha en la cabeza y hacer gajos con ella.

- ¡¿Pero tú de que coño vas, a caso lo encuentras divertido, lo ves normal?! -mi pasividad había estallado.

Lucía se seguía riendo cada vez más fuerte. Incluso llegó a tener hipo y eso le hizo troncharse si cabe aún más.

- Estás loca -las manos todavía me temblaban del susto que me había pegado.

Entonces fue cuando caí en la cuenta de que debería habermelo previsto. Lucía llevaba un tiempo intentando pasarselo bien de las maneras más rocambolescas. Decía que quería vivir la vida con alegría, y que para eso, necesitaba cañonazos de optimismo y de variabilidad. Es decir, se pasaba el día haciendo cualquier cosa que no fuese normal. Demonio de niña.

Hizo ademán de relajarse, pero no lo consiguió y se tiró al suelo con una risa histérica.

- Vale, vale, lo siento, pero es que has puesto una cara tan graciosa... deberías haberte visto -siguió con sus hipidos.

- Bastante tengo ya con lo mío para que me vengas tú haciéndote la muerta. ¿Desde cuándo gritas como un animal en celo?

Lucía sacudió la cabeza, apoyó las manos en el suelo y se puso a mi altura. Se sacudió el vestido y limpió algunas motas de tierra. Pasados unos segundos introdujo dos dedos en su boca y silbó. De entre las cajas de comida salió un pequeño lirón de rayas negras y blancas. Era precioso y al mismo tiempo un jodido animal que me había destorbado el sueño.

- Lo llamaré Efe, en honor a ti y al grandioso susto tan divertido que nos has dado.

- Menudo honor -dije apartando a la bestia de mi lado-. Este bicho lo quiero muerto, o a lo sumo, lejos de aquí.

- El almacén es de todos, haremos votaciones si hace falta.

- Lo que me faltaba, democracia -exhalé un gran suspiro.

Lucía me sonrió y Efe movió su nariz. No me iban a convencer con esas caras de ángeles condenados del infierno.

- ¿Al menos me puedes explicar que haces tú aquí, encerrada, y media hora antes de la hora acordada?

Lo meditó unos segundos.

- Tú también has llegado antes de la hora de siempre -me sacó la lengua-. Pues esperando a Fátima, he estado con ella hace nada, pensé que era ella la que volvía. Igualmente el lirón se llamaría Efe en los dos casos. ¿No te parece una bonita casualidad? Es su destino llevar ese nombre.

- ¿Fátima ha estado contigo? -sentí un gran alivio en ese momento -. ¿Cuando se ha marchado?

- Hará unos diez minutos, me extraña que no te la cruzaras. Me ha dicho que iba a buscar comida para Efe -se encogió de hombros. - ¿Te pasa algo con Fátima?

- Sí, no, bueno, quédate aquí a esperar a los demás, me voy a buscarla, por si acaso decide perderse otra vez.

Lucía me miró con ojos achinados. Estaba claro que no entendía el guión de la película.

Salí escopeteado de la despensa. En diez minutos no habría ido muy lejos, o bien estaba en el bosque, en la misma Arboleda o en el camino hacia el pueblo. Antes de decidirme por uno de los tres, volvió a vibrarme el móvil. ¡Menudo momento más inoportuno!

- ¿Qué quieres, Camilo? Tengo un poco de prisa.

- Blas me ha dicho que buscabas a Fátima, pues bien, creo que la he encontrado, eso sí, no parece ella. Camina de forma diferente, menos bruscamente y con más decisión. Y su mirada me ha parecido más fría que de costumbre. Justo ahora está entrando en tu casa, si quieres te espero para subir, me da a mí que le ha pasado algo y no me atrevo a ser el primero en aguantar sus sucias palabras.

Palidecí al instante.

- Algo no cuadro. Lucía me acaba de decir que Fátima ha salido de aquí hace diez minutos, y se tardan unos veinte minutos en llegar a mi casa, y eso si vas en coche, a pata deben de ser tres cuartos de hora por lo menos -logré balbuciar a duras penas.

Lucía llegó con el lirón entre sus brazos. Con esa sonrisa tan suya que lucía desde hacía tres meses. Una sonrisa circundante y jocosa.

- ¿Las has localizado?

- ¿Sabes si llevaba una bicicleta, su coche, una moto, lo que sea? -me iba a dar algo.

- Me suena que un par de piernas.

- Voy para allá, Camilo -apreté el boton rojo.

- ¿A dónde vas? -su inocencia a veces me daba pavor.

- Lucía, ¿verdad qué es imposible que hayan dos personas iguales en un mismo sitio?

- No deberías meterte con los gemelos, son personas como tú y como yo -pataleó hinchando sus mofletes.

Sin embargo fue el ronroneo de Efe el que me contestó tajantemente. Debía ir a mi casa enseguida. Que remedio, no me quedaba otra que aplazar mi cabezada de los mediodías.

lunes, 16 de agosto de 2010

6%

2.21 pm

Querido diario,

Hace diez minutos que he decidido levantarme ya de la cama y pasar del pitido ensordecedor que llevo escuchando como un runrún en mis oídos. El sonido es parecido al de un motor de coche atragantándose con su propio humo.

Llevo unas ojeras que me asustan y un sueño pidiendo a gritos descansar. Que más quisiera, si por lo menos pudiera echarme algunas cabezadas, pero ni eso. El ruido es insoportable.

Llamé a Camilo ayer por la noche, me dijo que había quedado con Blas y que seguramente iba a necesitar tiempo, sudor y risas para poder hacerle ver que todo se soluciona con el tiempo. Eso es lo mismo que puse yo en práctica hace tres meses, cuando conocí a Lucía en el examen teórico de coche. Aún me sigue dando grima verla al volante, y más con el accidente del viernes. Pobre Arboleda, con lo que la cuidan y en lo que se está convirtiendo paulatinamente. Yo creo que al ser la veterana del grupo me causa más impresión todo el asunto del almacén abandonado y el gran descubrimiento que eso significa. Es una casa independiente para todos, es algo que cualquiera desearía tener, un lugar para refugiarse en todo momento. Nos reunimos allí un par de días a la semana, para charlar, pasar un buen rato y ver alguna de esas películas tan cutres que tanto les gusta a los chicos. No son mi género preferido, pero siempre es mejor que quedarse encerrada en casa tirada en la cama escribiendo en ti, no te lo tomes a mal. Por cierto, hemos quedado de aquí a una hora, debería intentar parecer menos enferma terminal.

Les debo mucho, aunque Fátima siga igual de borde que el primer día conmigo. Creo que me tiene en el punto de mira y no le gusta que alguien más se acople al grupo. Los demás me han dicho que ella es así, así que tampoco le doy mucha importancia. Poco a poco me voy dando cuenta de que todos tienen un carácter muy especial.

La primera vez que conocí a Lucía parecía derrotada, con la cabeza gacha y arrastrando sus propios pasos. Me dio mucha vergüenza, pero conseguí hablar con ella. Me dijo que había suspendido cuatro veces seguidas y que el dinero no le salía por las orejas, precisamente. Me causa la sensación de que la Lucía de entonces era mucho más real que la de hoy en día, aún con su punto de locura, era más estable. Ahora parece que se pase la existencia flotando en las nubes; no sé me ocurre como ayudarla. Siempre que le pregunto si está bien me contesta con una gran sonrisa y me dice que es mejor reirse de la vida, que vivir riendo y acabar consumida por el tiempo. Aún le sigo dando vueltas a esas palabras, a esas y al maldito ruido del infierno que me está perforando el cráneo.

Unas semanas más tarde decidió presentarme a los demás, para entonces, ya se iba por las ramas y se quedaba con la mirada perdida y la sonrisa pegada a la cara. Fue cuando conocí a Blas, al que considero más normal de todos. Sólo tiene una pega, y es que está colgado de Fátima de la manera más obsesiva que haya visto en mi vida. Es algo digno de ver. Siempre que aparece a su lado es como si el mundo se redujese a ellos dos, sólo que Fátima prefiere reducirlo a ella sola y mandar el mundo a tomar por culo. Pobre Blas.

Camilo es otro dilema. Se pasa el día intentando serenar los ánimos y siempre tiene algo que contar, siempre. Puede estar hablándote del desayuno de esa mañana y al minuto siguiente estar charlando contigo sobre el posible meteorito que caerá en el pueblo como no nos mudemos pronto. Ese chico tiene una obcecación con hacer desaparecer el pueblo que raya la paranoia; aunque lo entiendo, es como la última mierda del mundo aglopada en tierra de nadie. Aunque es un sol, y todos lo sabemos. Y es un sol que me gustaría tener para mí.


Dejé de teclear por un instante. Que barbaridades llegaba a pensar.

Y luego están Fátima y Fede. Están hechos unos figuras: una pasota y el otro aragán. Vaya panorama. Fede no suele venir mucho, ya que dice que prefiere descansar bien y luego tener las fuerzas suficientes para empezar el día; o la noche, según se despierte. Y Fátima... bueno, no es que me caiga mal, sólo es que es un poco idiota, bastante idiota. Aunque odio que se me traben las palabras y no pueda mantener una conversación con ella más de un minuto sin chillar. Chillando ella, por supuesto, yo con la cara roja y haciendo ademán de escupirle a la cara. Siempre son discusiones, sea el tema que sea. Sigo en mis trece al decir que esa chica me tiene manía.

Ui, llaman a la puerta, dame un segundo.

Dejé con cuidado el portátil encima de la mesita de noche, apartando algunos libros y alisándome el pelo con las manos en un intento fallido de parecer más arreglada.

Abrí con ilusión, me encantaba la idea de que alguien me viniera a ver, nadie lo hacía antes, cuando pasó todo lo que pasó…

- ¿Fede? –me sorprendí a mi misma diciendo su nombre. Era demasiado extraño verlo a esas horas tan tempranas y más viniéndome a ver a mí -, ¿qué haces aquí?

- Coño, eres peor que el poster de alienígenas que tiene mi hermana colgado en el techo –improvisó una carota mientras me moría de vergüenza.

- No es mi mejor día.

- Ni tu mejor semana –apuntó -. En fin, por ahí van los tiros, la tonta de mi hermana no aparece. Te llamé al móvil para ver si sabías algo de ella, igual que a los demás, pero parece que todos preferís tenerme en silencio.

Caí en la cuenta de que lo había parado cuando el pitido de mi cabeza fue a más.

- Se habrá quedado sin batería; fallo mío - si me hubiesen puesto un aro en la cabeza seguro que tendría pinta de un ángel caído o algo por el estilo.

- Total, que aquí solo estás tú con tu catarro y el mierda ordenador de las narices donde apuntas a saber que cosas –dijo señalando por el rabillo de la puerta el portátil, que acababa de caerse y se encontraba abierto por la mitad en el suelo -. Eso sí que lo tienes bien a tope de bataca, ¿eh? -me dio un codazo con gesto socarrón.

- Sí, cosas de las que no me aclaro ni yo.

Hubo un breve silencio.

- Estará cabreada porque tardé un poco más de tiempo en irla a recoger, ya se las apañará. -se subió la cremallera de la sudadera-. Será capulla, hasta cuando no está me hace la vida imposible. Me voy a la Arboleda y así de paso me estiro un rato allí.

- Seguro que es algo de eso, Fátima suele ser así, ¿no?

- Como la conoces tanto –susurró, haciendo que el aire me pareciera más pesado –en fin, hasta dentro de una hora, Heleni.

Justo cuando iba a despedirme en mi cabeza afloró una guerra de sonidos incesantes.

Fede levantó la mano desde la escalera y la dejó caer a un lado. Ladró algo así como: arregla-tus-putas-pintas-de-yonki y luego le perdí el rastro. En el fondo, quería a su hermana, le volvía loco el que pudiera pasarle algo, pero es que Fátima, como todos sabían, era la mujer de hierro, y no creo que nada malo pudiese pasarle.

Sería mejor darme una ducha e ir para allá. Pero antes, me abalancé en busca de mi portátil. Con el alma en los pies, me pusé a escribir; no me gustaba dejar las cosas a medias. Que le diesen a mi apariencia monstruosa.

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2:56 am

Hacía frío y encima estaba lejos de casa, menuda mierda. Me parecía que en cualquier momento la profundidad de la noche me iba a engullir de un solo bocado. Maldita oscuridad, maldita gasolina y maldito Blas.

Me había largado con el coche ha dar una vuelta por los caminos más rebuscados y menos apañados que conocía, para distraerme un rato y de paso concentrarme en la carretera y no en un tío que prefería estar solo que estar conmigo. Y es que tampoco se trataba de eso, ni siquiera era la primera vez, ¡ni la segunda! Ya hacía tiempo que nos traíamos el juego de ir y venir. Y joder, a mí esas chuminadas me hartan rápidamente, sólo que de vez en cuando me pica la mosca cojonuda y no sé qué me pasa que me entra la necesidad de estar con él. Como lo odio, por Dios. Si es que no es para nada mi tipo, no tiene nada de especial, no tiene más que... un poder que se cierne en mí cerebro y lo oprimé taladrándolo con la mayor brutalidad posible. Maldito criajo.

Entonces, pasó lo que pasó y me quedé tirada en mitad de la calzada y me puse a caminar en dirección opuesta a por donde conducía. Total, pasaba de quedarme sentada de brazos cruzados en un sitio lúgubre, con la posibilidad de que pasase un vehículo que me saludase con el dedo corazón o pasase de largo sin ni siquiera reparar en mí. A muy malas también podrían violarme. Si es que lo que no pueda pasar en un camino de mal agüero no pasa en ningún sitio. Probad a quedaros, venga.

Pillé el móvil y de malas maneras pulsé al botón de llamada. Que remedio, si no, no llegaría hasta después de que saliese el sol.

- … ¿Sí? –contestó una voz perezosa al otro lado.

- Fede, soy Fátima, si no te importa mover tu culo relleno de patatas fritas, y más vale que no te importe, ¿podrías venir amablemente y por tu propio pie, y en el coche de papá, a buscarme en la carretera que está al otro lado del bar al que solíamos ir cuando nos dejaban con la abuela?

- No me jodas hermanita, no estoy para trotes –tosió y se aclaró la garganta-. Además, ¿qué coño haces tú en ese sitio a estas horas de la madrugada?

- De compras, que el otro día vi unos taconazos de muerte, no te jode, imbécil.

- Tratándome así te vas a quedar sin coche y sin nadie que te vaya a buscar –bostezó largamente-. Ahora que lo pienso, ¿y tú coche, no lo llevabas contigo? Esta tarde me pareció ver como cogías las llaves del mismo.

- Me he quedado sin gasolina, y como te rías te parto la cara en dos. Ven aquí ya. -cambié el tono de mi voz a uno más meloso-. Además, deberías estar preocupado por lo que podría pasarme.

- Como si alguien pudiese contigo, rediós.

Suspiré casi resignada. Ahora, en vez de andar como la mayoría de la gente, mi paso casi igualaba al de un galopar en una carrera de caballos.

- Allí te espero, más te vale aparecer en media hora o cuando vuelva te echaré a patadas de la cama.

- Te tragarás la almohada como te atrevas –revolcó su cabeza en el colchón y bufó con desesperanza-. Iré de aquí un rato, cuando me encuentre bien descansado, que si no puedo liarla parda en las carreteras y no creo que te guste quedarte ahí sola y con un hermano menos.

- Joder, Fede, siempre el mismo cuento, maldito vago de mierda –resoplé indignada-. Como tengo tantos hermanos –respondí alargando todas las sílabas.

- O eso o nada. Adiós.

Se oyeron los típicos pitidos al desconectarse una persona al otro lado del teléfono. Increíble, me acababa de dejar tirada durante a saber cuanto tiempo y encima aún faltaba alrededor de tres cuartos de hora para llegar a la puñetera salida a la carretera. Odiaba ese día y el mundo entero. Pasé de decir en voz alta que nada podía ser peor porque si no esas nubes grises iban a deshacerse encima de mí en forma de lluvia ácida. Ya tenía bastante con todas esas vocecitas en mi cabeza que tenían voluntad propia.

Para hacer el camino más ligero y más llevadero probé a llamar a Lucía, la chiflada de Lucía, que parecía estar en los mundos de Yupi estos últimos días más que nunca.

Me pregunté cuanto tiempo podía tardar alguien en coger un maldito teléfono que seguramente tenía la melodía más cutre en toda la redonda.

- ¡Fátima! –canturreó Lucía con esa voz que me daban ganas de meterle una roca para que se la tragase y se convirtiese en un vozarrón más grave.

- ¡Lucía! –imité con el sonido más arquetípico que me salió.

- Veo que tienes una noche un tanto aburrida. Fatalista, ¿a qué te dedicas ahora por las noches, a desenterrar los muertos y comerte las tibias de los cadáveres? –acabó rematándolo con una risa de un tonto que ni se lo aguantaba.

A la idiota de Lucía se le ocurrió ese mote cuando decidió orientar su vida a un mundo paradisíaco y lleno de optimismo y vitalidad. Menuda gilipollez.

- Ahora voy por la parte más trepidante, embadurnarme con los restos de ceniza del fiambre. Tan sólo lo hago las noches en las que la luna se esconde, deberías probarlo alguna vez y dejarte de tanto sol y arco iris –rezumbé con toda mi ironía acumulada.

Volvió a tronar esa risa del demonio.

- Bueno, entonces, ¿para qué has llamado, para qué te preste un pony o para que me una a ti en un rito satánico? –contestó burlona.

- Para acallar los putos grillos que me cabrean, ah, y también por que me encuentro sola en mitad de un camino con el coche sin poder arrancar, con la gasolinera más próxima a un par de horas de aquí y con un sueño que hace que mis ojos se confundan y me hagan ver un bosque llenos de camas mullidas y blanditas y con un edredón gigantesco que me podría protejer del frío de cojones que hace en la intemperie. Seguramente por algo de eso te he llamado. –solté un pequeño retintín, toda la rabia tenía que salir tarde o temprano. Si hubiese estado Blas conmigo indudablemente habría dicho que la rabia la llevo encima desde el día en que nací.

- Yo iría encantada, pero el trasto que tengo por coche está ahora mismo encerrado dentro de un garaje con la rueda pinchada, no sé si te acuerdas del viaje a la Arboleda y todo lo que eso conllevó.

Como para olvidarlo, Lucía se estampó con uno de los dos árboles que utilizamos como torreta de vigilancia, ya le vale, mira que darse un piñazo justamente con ese árbol. Todo fue culpa de Camilo, que la despistó con su cháchara de costumbre. No sé como pudo desconcetrarse con esa retahíla tan aburrida.

El ruido de mis botas debería de escucharse al otro lado del mar. Ahora ya tenía más pinta de coche de fórmula uno.

- No soy amnésica, lo recuerdo perfectamente. Ya te he dicho que quería hablar con alguien mientras recorro este laberinto de mala muerte.

- ¿La niñita de los pesos pesados tiene miedo a estar sola?

Cabrona. Eso había hecho mucho más daño que el superficial que destilaba de esa frase.

- No más del que tienes tú al ver como una de tus muñecas se queda sin cabeza y se convierte en un aterrador monstruo de plástico inflamado.

Lucía calló de golpe. Lo sabía, eso la echaría atrás.

- Puta pirómana. Algún día de tanto jugar con el fuego acabaras quemándote e incendiando al mundo entero contigo.

- Y tú estarás allí, hecha carboncillo junto a un par de cerillas humanas.

Las dos comenzamos a reír histéricamente, con uno de esos ataques de risa tonta que por más que quieras te es imposible frenar. Al fin y al cabo, Lucía era Lucía.

- ¿Y a los demás, por qué no les llamas? igual te vienen a recoger -me dijo cuando nos calmamos.

- Blas por mí puede quedarse en la pira, Camilo está con él, así que esta noche también puede arder con la madera. La niñata del blog es pasto para el fuego y Fede, bueno... está en ello.

- Desprendes un buen humor que es demasiado.

- La próxima vez que te vea te hago zamparte a la barbie sin pelo.

Después de una buena tunda de risas contagiosas, amenazas varias y más risas, quedamos en vernos al día siguiente, dónde siempre, en el sitio de siempre y, desgraciadamente, con los mismos que siempre.

Suerte que le había dicho de quedar una hora antes. Pero ante todo, si quería llegar mañana, o quería llegar simplemente a algún sitio, primero tenía que salir del bosque y esperar a que el holgazán de mi hermano llegase despierto. Entonces lo lanzaría al asiento trasero y conduciría con mi música y la ventanilla abierta.

Hasta entonces, a comerme la puta cabeza.

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2.34 am

Los haces de luz de las farolas iluminaban la calle con un destello amarillento. Casi parecía que las sombras, en vez de ser negras y oscilantes, fuesen brillantes y bailasen a la luz de la luna. El viento, sibilante, arremolinaba mi pelo y lo esparcía por los cuatro costados. No me gustaba esa sensación, era como si algo o alguien te soplase suavemente, casi sensualmente en la sien, para luego cortarte pedazo a pedazo la piel en tiras. Era aterrador.

Suerte tenía que Camilo estaba allí, con su incesante parloteo, sus idas y venidas de sus grandes manos que levantaba frecuentemente arriba y abajo, moviéndolas a ritmo frenético. Su aspecto parecía al de un gran oso, con esa maraña de pelo y esa robustez que le hacía casi tan grande como un gigante. Seguramente, la mayor parte de la gente que lo veía por primera vez se lo pensaba dos veces antes de iniciar una conversación con él. Me hacía gracia que alguien tan recio diese una imagen que para nada se asemejaba a lo que él era en realidad. Un tío bonachón como el que más.

Me gustaba juntarme algunas noches a charlar un rato con Camilo. Yo de por si no suelo ser un gran tertuliano, pero si se le suma el hecho de que alguien que es reacio a hablar lo unes con alguien que se podría pasar la eternidad divagando por cualquier tontería, entonces, ahí salimos nosotros.

A cada frase que yo decía, él no paraba de hablar en media hora. Esa sensación de estar solo en mitad de la noche, con el cielo de capa caída y las luces intermitentes de las farolas podía dar miedo a cualquier persona. Pero nada que ver con el sentirse abrigado por una cantidad de palabras inconexas y una muralla humana; siempre fue de agradecer.

- … y es que no entiendo como puedes seguir pensando en Fátima. Esa chica es más brusca que un arado y da la sensación de que se pasa la mayor parte de su vida metida en un frigorífico, siempre es igual de fría con la gente. Ya has trastabillado con la misma piedra un trillón de veces, yo creo que va siendo hora de que te dejes de burradas con ella y sigas con los batidos de chocolate y las películas de serie B. –no me podía creer que hubiese callado, por un momento pensé que estaría dejándome contestar, pero en seguida me di cuenta de que tan solo se estaba decidiendo de cual de las muchas cosas que tenía por contarme quería explicarme-. Hace tiempo que no nos echamos unas palomitas con doble ración de sal en la Arboleda.

La Arboleda era el nombre de un pequeño almacén que habíamos descubierto el verano pasado. Lo encontramos abandonado tras un puñado de basura que se había acumulado con el tiempo al no haber nadie para sacarla de allí. El lugar en sí estaba vallado y daba justo al lado opuesto a nuestro pueblo, así que nos librábamos de tener chusma en nuestros, desde entonces, dominios. Más bien por ahí no pasaba nadie desde hacía mucho, muchísimo tiempo. Parecía que un tornado hubiese arrasado todo lo que se arremolinaba a kilómetros a la redonda y lo hubiese amontonado todo en una gran montaña de residuos. Siempre encontrábamos algo de interés en todo ese mar de despojos; desde una bicicleta (por falta de las dos ruedas) hasta algunos discos de vinilo de tiempos remotos. Era una bazofia llena de tesoros que sólo nosotros sabíamos apreciar.

Dentro teníamos un sofá cochambroso y un par de butacas para cuando venían las chicas. Entre toda la porquería y las grandes telarañas que tanto le gustaban a Camilo, se encontraba un viejo reproductor de cine en blanco y negro. Era nuestra pequeña fortuna. Teníamos unas doce películas a lo sumo, pero daba igual repetirlas, siempre nos tronchábamos de risa cuando a alguno de los protagonistas se lo cargaba un zombie con pintas de motorista chamuscado.

- … deberíamos arreglar nosotros mismos las malditas bombillas o pronto toda esta mierda de pueblo se va a quedar como la boca de un lobo. Imagínate –hizo aspavientos con las manos- todo negro, oscurecido, las casas pintadas de tinieblas y el cielo formando una cúpula maldita a nuestro alrededor. Quedaríamos atrapados como alimañas en una trampa mortal. Todo sería cuestión de días, nos comeríamos uno a los otros, por supuesto, yo te dejaría para el último. –Abrió los ojos como platos, tratando inútilmente de asustarme-. Seguramente Fátima acabaría sobreviviendo a la masacre, como se quedaría hecha un cubito… seguro que dentro de unos años se derrite y sigue igual de seca que siempre.

Dejé caer los hombros haciendo el gesto universal de lo-tuyo-es-irremediable.

- Tío, deja de chutarte tantas palomitas y entonces podré hablar contigo de una manera civilizada.

Camilo hizo rechinar sus dientes y dejó escapar un rugido amistoso. En ese momento sí que parecía un oso más que nunca. Así era siempre como me miraba al hacerle comprender que su parloteo me daba absolutamente igual.

- Tú mismo, pero seguro que es mucho mejor pensar en un futuro de caníbales antes que estar dándole vueltas a un asunto que únicamente te da dolor de cabeza.
- De vez en cuando prefiero ser vegetariano.

- Hippies, quien los necesita –dijo negando con la cabeza y dándome un golpecito en el brazo.

Como me gustaba pasar las noches con Camilo. Me podría quedar mil horas y ni me daría cuenta. Quizá de vez en cuando tendría que taparle la boca con algo de precinto, pero eso serían gajes del oficio, simple rutina.

Gajes, que sin embargo, prefería asumir.

0%

Dentro de muy poco va a comenzar una descarga demente.
Vas a entrar dentro de un juego macabro.
Estarás atrapado en una cuenta atrás sin precedentes.

Y ellos, tendrán que jugar solos, tanto si les gusta como si no. No sabrán cuando comienza el juego ni el momento en que todo terminará. Su vida correrá a tientas.

Porque la descarga, esta descarga insana, está a punto de partir de cero, y será mejor que no llegue a completarse, o jamás podrán volver a respirar.

¡Downloading!

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Un cigarrillo a medio fumar. La sombra que piso cuando sale el sol. Hilos que no saben que demonios tejer. Esa mirada perdida. Un socavón de la profundidad de un abismo. Un día gris. Ese puede que sea yo.

Hablando de porcentajes


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