lunes, 16 de agosto de 2010

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2:56 am

Hacía frío y encima estaba lejos de casa, menuda mierda. Me parecía que en cualquier momento la profundidad de la noche me iba a engullir de un solo bocado. Maldita oscuridad, maldita gasolina y maldito Blas.

Me había largado con el coche ha dar una vuelta por los caminos más rebuscados y menos apañados que conocía, para distraerme un rato y de paso concentrarme en la carretera y no en un tío que prefería estar solo que estar conmigo. Y es que tampoco se trataba de eso, ni siquiera era la primera vez, ¡ni la segunda! Ya hacía tiempo que nos traíamos el juego de ir y venir. Y joder, a mí esas chuminadas me hartan rápidamente, sólo que de vez en cuando me pica la mosca cojonuda y no sé qué me pasa que me entra la necesidad de estar con él. Como lo odio, por Dios. Si es que no es para nada mi tipo, no tiene nada de especial, no tiene más que... un poder que se cierne en mí cerebro y lo oprimé taladrándolo con la mayor brutalidad posible. Maldito criajo.

Entonces, pasó lo que pasó y me quedé tirada en mitad de la calzada y me puse a caminar en dirección opuesta a por donde conducía. Total, pasaba de quedarme sentada de brazos cruzados en un sitio lúgubre, con la posibilidad de que pasase un vehículo que me saludase con el dedo corazón o pasase de largo sin ni siquiera reparar en mí. A muy malas también podrían violarme. Si es que lo que no pueda pasar en un camino de mal agüero no pasa en ningún sitio. Probad a quedaros, venga.

Pillé el móvil y de malas maneras pulsé al botón de llamada. Que remedio, si no, no llegaría hasta después de que saliese el sol.

- … ¿Sí? –contestó una voz perezosa al otro lado.

- Fede, soy Fátima, si no te importa mover tu culo relleno de patatas fritas, y más vale que no te importe, ¿podrías venir amablemente y por tu propio pie, y en el coche de papá, a buscarme en la carretera que está al otro lado del bar al que solíamos ir cuando nos dejaban con la abuela?

- No me jodas hermanita, no estoy para trotes –tosió y se aclaró la garganta-. Además, ¿qué coño haces tú en ese sitio a estas horas de la madrugada?

- De compras, que el otro día vi unos taconazos de muerte, no te jode, imbécil.

- Tratándome así te vas a quedar sin coche y sin nadie que te vaya a buscar –bostezó largamente-. Ahora que lo pienso, ¿y tú coche, no lo llevabas contigo? Esta tarde me pareció ver como cogías las llaves del mismo.

- Me he quedado sin gasolina, y como te rías te parto la cara en dos. Ven aquí ya. -cambié el tono de mi voz a uno más meloso-. Además, deberías estar preocupado por lo que podría pasarme.

- Como si alguien pudiese contigo, rediós.

Suspiré casi resignada. Ahora, en vez de andar como la mayoría de la gente, mi paso casi igualaba al de un galopar en una carrera de caballos.

- Allí te espero, más te vale aparecer en media hora o cuando vuelva te echaré a patadas de la cama.

- Te tragarás la almohada como te atrevas –revolcó su cabeza en el colchón y bufó con desesperanza-. Iré de aquí un rato, cuando me encuentre bien descansado, que si no puedo liarla parda en las carreteras y no creo que te guste quedarte ahí sola y con un hermano menos.

- Joder, Fede, siempre el mismo cuento, maldito vago de mierda –resoplé indignada-. Como tengo tantos hermanos –respondí alargando todas las sílabas.

- O eso o nada. Adiós.

Se oyeron los típicos pitidos al desconectarse una persona al otro lado del teléfono. Increíble, me acababa de dejar tirada durante a saber cuanto tiempo y encima aún faltaba alrededor de tres cuartos de hora para llegar a la puñetera salida a la carretera. Odiaba ese día y el mundo entero. Pasé de decir en voz alta que nada podía ser peor porque si no esas nubes grises iban a deshacerse encima de mí en forma de lluvia ácida. Ya tenía bastante con todas esas vocecitas en mi cabeza que tenían voluntad propia.

Para hacer el camino más ligero y más llevadero probé a llamar a Lucía, la chiflada de Lucía, que parecía estar en los mundos de Yupi estos últimos días más que nunca.

Me pregunté cuanto tiempo podía tardar alguien en coger un maldito teléfono que seguramente tenía la melodía más cutre en toda la redonda.

- ¡Fátima! –canturreó Lucía con esa voz que me daban ganas de meterle una roca para que se la tragase y se convirtiese en un vozarrón más grave.

- ¡Lucía! –imité con el sonido más arquetípico que me salió.

- Veo que tienes una noche un tanto aburrida. Fatalista, ¿a qué te dedicas ahora por las noches, a desenterrar los muertos y comerte las tibias de los cadáveres? –acabó rematándolo con una risa de un tonto que ni se lo aguantaba.

A la idiota de Lucía se le ocurrió ese mote cuando decidió orientar su vida a un mundo paradisíaco y lleno de optimismo y vitalidad. Menuda gilipollez.

- Ahora voy por la parte más trepidante, embadurnarme con los restos de ceniza del fiambre. Tan sólo lo hago las noches en las que la luna se esconde, deberías probarlo alguna vez y dejarte de tanto sol y arco iris –rezumbé con toda mi ironía acumulada.

Volvió a tronar esa risa del demonio.

- Bueno, entonces, ¿para qué has llamado, para qué te preste un pony o para que me una a ti en un rito satánico? –contestó burlona.

- Para acallar los putos grillos que me cabrean, ah, y también por que me encuentro sola en mitad de un camino con el coche sin poder arrancar, con la gasolinera más próxima a un par de horas de aquí y con un sueño que hace que mis ojos se confundan y me hagan ver un bosque llenos de camas mullidas y blanditas y con un edredón gigantesco que me podría protejer del frío de cojones que hace en la intemperie. Seguramente por algo de eso te he llamado. –solté un pequeño retintín, toda la rabia tenía que salir tarde o temprano. Si hubiese estado Blas conmigo indudablemente habría dicho que la rabia la llevo encima desde el día en que nací.

- Yo iría encantada, pero el trasto que tengo por coche está ahora mismo encerrado dentro de un garaje con la rueda pinchada, no sé si te acuerdas del viaje a la Arboleda y todo lo que eso conllevó.

Como para olvidarlo, Lucía se estampó con uno de los dos árboles que utilizamos como torreta de vigilancia, ya le vale, mira que darse un piñazo justamente con ese árbol. Todo fue culpa de Camilo, que la despistó con su cháchara de costumbre. No sé como pudo desconcetrarse con esa retahíla tan aburrida.

El ruido de mis botas debería de escucharse al otro lado del mar. Ahora ya tenía más pinta de coche de fórmula uno.

- No soy amnésica, lo recuerdo perfectamente. Ya te he dicho que quería hablar con alguien mientras recorro este laberinto de mala muerte.

- ¿La niñita de los pesos pesados tiene miedo a estar sola?

Cabrona. Eso había hecho mucho más daño que el superficial que destilaba de esa frase.

- No más del que tienes tú al ver como una de tus muñecas se queda sin cabeza y se convierte en un aterrador monstruo de plástico inflamado.

Lucía calló de golpe. Lo sabía, eso la echaría atrás.

- Puta pirómana. Algún día de tanto jugar con el fuego acabaras quemándote e incendiando al mundo entero contigo.

- Y tú estarás allí, hecha carboncillo junto a un par de cerillas humanas.

Las dos comenzamos a reír histéricamente, con uno de esos ataques de risa tonta que por más que quieras te es imposible frenar. Al fin y al cabo, Lucía era Lucía.

- ¿Y a los demás, por qué no les llamas? igual te vienen a recoger -me dijo cuando nos calmamos.

- Blas por mí puede quedarse en la pira, Camilo está con él, así que esta noche también puede arder con la madera. La niñata del blog es pasto para el fuego y Fede, bueno... está en ello.

- Desprendes un buen humor que es demasiado.

- La próxima vez que te vea te hago zamparte a la barbie sin pelo.

Después de una buena tunda de risas contagiosas, amenazas varias y más risas, quedamos en vernos al día siguiente, dónde siempre, en el sitio de siempre y, desgraciadamente, con los mismos que siempre.

Suerte que le había dicho de quedar una hora antes. Pero ante todo, si quería llegar mañana, o quería llegar simplemente a algún sitio, primero tenía que salir del bosque y esperar a que el holgazán de mi hermano llegase despierto. Entonces lo lanzaría al asiento trasero y conduciría con mi música y la ventanilla abierta.

Hasta entonces, a comerme la puta cabeza.

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Un cigarrillo a medio fumar. La sombra que piso cuando sale el sol. Hilos que no saben que demonios tejer. Esa mirada perdida. Un socavón de la profundidad de un abismo. Un día gris. Ese puede que sea yo.

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