2.34 am
Los haces de luz de las farolas iluminaban la calle con un destello amarillento. Casi parecía que las sombras, en vez de ser negras y oscilantes, fuesen brillantes y bailasen a la luz de la luna. El viento, sibilante, arremolinaba mi pelo y lo esparcía por los cuatro costados. No me gustaba esa sensación, era como si algo o alguien te soplase suavemente, casi sensualmente en la sien, para luego cortarte pedazo a pedazo la piel en tiras. Era aterrador.
Suerte tenía que Camilo estaba allí, con su incesante parloteo, sus idas y venidas de sus grandes manos que levantaba frecuentemente arriba y abajo, moviéndolas a ritmo frenético. Su aspecto parecía al de un gran oso, con esa maraña de pelo y esa robustez que le hacía casi tan grande como un gigante. Seguramente, la mayor parte de la gente que lo veía por primera vez se lo pensaba dos veces antes de iniciar una conversación con él. Me hacía gracia que alguien tan recio diese una imagen que para nada se asemejaba a lo que él era en realidad. Un tío bonachón como el que más.
Me gustaba juntarme algunas noches a charlar un rato con Camilo. Yo de por si no suelo ser un gran tertuliano, pero si se le suma el hecho de que alguien que es reacio a hablar lo unes con alguien que se podría pasar la eternidad divagando por cualquier tontería, entonces, ahí salimos nosotros.
A cada frase que yo decía, él no paraba de hablar en media hora. Esa sensación de estar solo en mitad de la noche, con el cielo de capa caída y las luces intermitentes de las farolas podía dar miedo a cualquier persona. Pero nada que ver con el sentirse abrigado por una cantidad de palabras inconexas y una muralla humana; siempre fue de agradecer.
- … y es que no entiendo como puedes seguir pensando en Fátima. Esa chica es más brusca que un arado y da la sensación de que se pasa la mayor parte de su vida metida en un frigorífico, siempre es igual de fría con la gente. Ya has trastabillado con la misma piedra un trillón de veces, yo creo que va siendo hora de que te dejes de burradas con ella y sigas con los batidos de chocolate y las películas de serie B. –no me podía creer que hubiese callado, por un momento pensé que estaría dejándome contestar, pero en seguida me di cuenta de que tan solo se estaba decidiendo de cual de las muchas cosas que tenía por contarme quería explicarme-. Hace tiempo que no nos echamos unas palomitas con doble ración de sal en la Arboleda.
La Arboleda era el nombre de un pequeño almacén que habíamos descubierto el verano pasado. Lo encontramos abandonado tras un puñado de basura que se había acumulado con el tiempo al no haber nadie para sacarla de allí. El lugar en sí estaba vallado y daba justo al lado opuesto a nuestro pueblo, así que nos librábamos de tener chusma en nuestros, desde entonces, dominios. Más bien por ahí no pasaba nadie desde hacía mucho, muchísimo tiempo. Parecía que un tornado hubiese arrasado todo lo que se arremolinaba a kilómetros a la redonda y lo hubiese amontonado todo en una gran montaña de residuos. Siempre encontrábamos algo de interés en todo ese mar de despojos; desde una bicicleta (por falta de las dos ruedas) hasta algunos discos de vinilo de tiempos remotos. Era una bazofia llena de tesoros que sólo nosotros sabíamos apreciar.
Dentro teníamos un sofá cochambroso y un par de butacas para cuando venían las chicas. Entre toda la porquería y las grandes telarañas que tanto le gustaban a Camilo, se encontraba un viejo reproductor de cine en blanco y negro. Era nuestra pequeña fortuna. Teníamos unas doce películas a lo sumo, pero daba igual repetirlas, siempre nos tronchábamos de risa cuando a alguno de los protagonistas se lo cargaba un zombie con pintas de motorista chamuscado.
- … deberíamos arreglar nosotros mismos las malditas bombillas o pronto toda esta mierda de pueblo se va a quedar como la boca de un lobo. Imagínate –hizo aspavientos con las manos- todo negro, oscurecido, las casas pintadas de tinieblas y el cielo formando una cúpula maldita a nuestro alrededor. Quedaríamos atrapados como alimañas en una trampa mortal. Todo sería cuestión de días, nos comeríamos uno a los otros, por supuesto, yo te dejaría para el último. –Abrió los ojos como platos, tratando inútilmente de asustarme-. Seguramente Fátima acabaría sobreviviendo a la masacre, como se quedaría hecha un cubito… seguro que dentro de unos años se derrite y sigue igual de seca que siempre.
Dejé caer los hombros haciendo el gesto universal de lo-tuyo-es-irremediable.
- Tío, deja de chutarte tantas palomitas y entonces podré hablar contigo de una manera civilizada.
Camilo hizo rechinar sus dientes y dejó escapar un rugido amistoso. En ese momento sí que parecía un oso más que nunca. Así era siempre como me miraba al hacerle comprender que su parloteo me daba absolutamente igual.
- Tú mismo, pero seguro que es mucho mejor pensar en un futuro de caníbales antes que estar dándole vueltas a un asunto que únicamente te da dolor de cabeza.
- De vez en cuando prefiero ser vegetariano.
- Hippies, quien los necesita –dijo negando con la cabeza y dándome un golpecito en el brazo.
Como me gustaba pasar las noches con Camilo. Me podría quedar mil horas y ni me daría cuenta. Quizá de vez en cuando tendría que taparle la boca con algo de precinto, pero eso serían gajes del oficio, simple rutina.
Gajes, que sin embargo, prefería asumir.

No hay comentarios:
Publicar un comentario