martes, 17 de agosto de 2010

8%

2.43 pm

Que palo, ya ni los coches eran cómodos. Después de estar en casa de Heleni me había acomodado en el viejo Ren, el trasto que tenía una chapa con el logotipo de Renault (los nombres nunca fueron mi fuerte, si no que se lo digan a Gato, mi pequeño ratón). Siempre he desmentido eso que dicen de que los tíos que les ponen nombre a sus coches sufren idiotez, en mi caso, se podría decir que sufro debilidad por los espacios mullidos, y este en concreto, tiene la forma de mi trasero bien moldeado, como a mí me gusta. Como se nota que ya hemos pasado nuestros años mozos.

Por más que quise quedarme un rato largo en el coche, me pudo la imagen de aquel sofá desgastado que tantas tardes me había acojido entre sus cojines. No era el más bonito ni el más grande, pero te podías tirar allí las horas que quisieras que si cerrabas los ojos podías incluso imaginar que estabas en el paraiso. Bendito sofá. Lo trajo Camilo cuando se mudó por última vez. Ese chaval siempre ha estado cambiándose de casa durante toda su infancia, al final terminó aquí. No sé como a sus padres se les ocurrió la brillante idea de largarse de la ciudad y venirse a vivir a este pueblucho del tres al cuarto, y más, con todo el pastón que maneja su madre. Menudo personaje está hecho. Si yo tuviese la mitad del dinero que tiene ese tío ya haría mucho tiempo que no andaría por estas callejuelas. Ya de pequeño estaba hecho un toro, y todos sus compañeros de clase lo confundían con un rascacielos humano. Lo conocí un día en el recreo. Mientras yo meaba en el cuarto de baño, escuché de fondo unos gemidos mezclados con sollozos. No me suelo meter en la vida privada de la gente, más que nada, por que todo el mundo tiene problemas, y yo que ya tengo suficientes con los míos si encima tuviera que estar pensando en los comederos de cabeza de los demás, sería un auténtico caos. Por eso, cuando descubrí que esos llantos provenian del tipo más grande de la escuela me chocó mucho. Fue entonces cuando me di cuenta que me había dejado llevar por los comentarios y había caído en los tópicos. Camilo no era más que un trozo de pan que necesitaba un buen amigo con el que hablar. Siempre se llevó mejor con Blas que conmigo, pero yo lo conocí primero.

Llegué a la Arboleda caminando, pues el almacén está construido en un lugar por el que sólo se puede acceder andando, y a parte, Ren ya contaba con demasiados rasguños en su tapizado como para darle un disgusto más a mi cartera. Quita, quita.

Me quité la sudadera y la lancé a la butaca donde se suele sentar Lucía de las maneras más imposibles que uno pueda imaginar. Hay veces que se sienta alzando las piernas, con los brazos estirados para tocar con sus dedos la punta de su pies y encima torciendo la cabeza como un velociraptor mientras las coletas se le balancean haciendola parecer un reloj de cucút. Un poco subnormal si que está estos últimos meses, no sé que mosca le habrá picado.

Cuando al fin me estaba relajando noté como el móvil me vibraba en el bolsillo. Si no fuese porque Fátima no me cogía el teléfono cuando la llamaba y porque hacía rato que me estaba trayendo de quicio la idea de que le hubiese podido pasar algo, lo habría dejado estar y ni siquiera hubiese contestado.

En la pantallita iluminada se podía leer el nombre de Blas. Que cabrón, cuando yo lo llamaba no me lo cogía, pero él si me podía joder la hora de la siesta.

- ¿Dónde te habías metido, pedazo de piña con patas? –pregunté medio arrogante medio perezoso.

- Ayer fue una noche muy larga, me acabo de levantar hace nada. -carraspeó fingiendo hablar más ronco de lo normal-. He visto que me habías llamado cinco veces, y eso en ti es como si la salsa de tomate supiera a mostaza.

- Muy obtuso –refunfuñé.

- ¿Fátima ha vuelto a cargarse el reproductor de música del almacén?

- No, más bien se ha cargado su existencia y no tengo ni idea de por donde anda. Pero visto lo visto, ya veo que contigo no ha estado. Aunque no sé porque no me sorprende, hace tiempo que debería haber pasado de ti. Por fin ha vuelto a reaccionar, aunque sea por enésima vez.

Noté como el silencio se volvía incómodo.

- ¿Fátima ha desaparecido? –parecía preocupado de verdad.

- Bueno, tampoco hay que exagerar. Simplemente no sé nada de ella desde ayer, que me pidió que la fuese a buscar porque se había quedado con el coche averiado en medio de la nada. Y entre eso y que yo llegué un pelín tarde pues ya te puedes hacer una idea. Aunque conociéndola, habrá parado a algún camionero calentito y ahora estará durmiendo en su cama mientras el muy cerdo le prepara el almuerzo. Mi hermana es jodidamente lista cuando quiere.

- Sí, eso suena muy a Fátima, pero me da que no. Quizás si la llamo yo igual me lo coje.

- Por intentarlo…

- Luego te llamo. Adiós.

Ni me dio tiempo a despedirme. Me dio la sensación de que de repente Blas tenía una prisa insana. Ése chico podía llegar a ser muy pánfilo, pero si de algo estaba seguro, es de que estaba hasta las trancas de mi hermana. De verdad, nunca le vi futuro a esa relación.

En fin, ahora ya podría tomarme mi merecido descanso.

Pues no, se ve que todo el universo estaba en contra de que me durmiera media hora. Fue un grito desgarrado el que me cortó el sueño. Había sonado en la parte de atrás, seguramente en la despensa. El almacén era pequeño, pero aún así constaba de la habitación principal, donde estaban todas las cosas que utilizabamos a menudo y donde solíamos estar. Una segunda planta más pequeña que el maletero de mi Ren y una despensa, donde dejábamos las utensilios para la cocina y algunas reservas de comida. Entre nosotros lo llamábamos en broma el pequeño búnker de la Arboleda.

Fui chocando con todo con lo que me encontraba en el camino, el grito me había dejado muy mal cuerpo y me había cagado de lo lindo. Si hay algo de lo que no me averguenzo es de que puedo tener miedo y llorar de vez en cuando, vale que seamos tíos, pero eso no nos convierte en máquinas. Veo estúpido que la mayoría de chicos se crean más hombres diciendo algo que todo el mundo sabe que es mentira.

En un primer momento pensé en algún animal salvaje, ya nos había pasado un par de veces, y los tuvimos que sacar a base de escobazos. Lo malo es que la escoba se encontraba dentro de la despensa.

Se repitió de nuevo, ahora algo más flojo y dos de golpe. Ahora sabía con claridad que se trataba de una chica, y sólo se me ocurrían tres posibilidades.

- ¡¿Lucía, Heleni, Fátima?! –grité mientras me acercaba a la pequeña puerta que manteníamos cerrada con un candado oxidado.

Volví a llamarlas y acerqué el oído a la puerta. Podía escuchar pequeños aullidos entrecortados. Rápidamente rebusqué en mis bolsillos la llave de la despensa, pero caí en la cuenta de que había dejado el llavero en el coche.

- Joder, ¿quién hay ahí?

De nuevo, esos aullidos apagados.

Respiré fuerte y emprendí carrerilla. Tuve que intentarlo dos veces para que diese resultado.

Dios, y eso que no creo en él.

Lucía estaba tendida en el suelo, era como si se hubiera desplomado sin más. Pasé un momento de parálisis y luego me acerqué a ella con apremio. Se escuchaba un ronroneo sordo.

- !Lucía, Lucía, despierta! -la sacudí y le intenté dar la vuelta.

Menudo susto me llevé al ver como Lucía abría los ojos de repente y se me tiraba encima. La muy zorra se hechó a reír y me dijo que había caído en su trampa. En ese momento me entraron unas ganas de clavarle una hacha en la cabeza y hacer gajos con ella.

- ¡¿Pero tú de que coño vas, a caso lo encuentras divertido, lo ves normal?! -mi pasividad había estallado.

Lucía se seguía riendo cada vez más fuerte. Incluso llegó a tener hipo y eso le hizo troncharse si cabe aún más.

- Estás loca -las manos todavía me temblaban del susto que me había pegado.

Entonces fue cuando caí en la cuenta de que debería habermelo previsto. Lucía llevaba un tiempo intentando pasarselo bien de las maneras más rocambolescas. Decía que quería vivir la vida con alegría, y que para eso, necesitaba cañonazos de optimismo y de variabilidad. Es decir, se pasaba el día haciendo cualquier cosa que no fuese normal. Demonio de niña.

Hizo ademán de relajarse, pero no lo consiguió y se tiró al suelo con una risa histérica.

- Vale, vale, lo siento, pero es que has puesto una cara tan graciosa... deberías haberte visto -siguió con sus hipidos.

- Bastante tengo ya con lo mío para que me vengas tú haciéndote la muerta. ¿Desde cuándo gritas como un animal en celo?

Lucía sacudió la cabeza, apoyó las manos en el suelo y se puso a mi altura. Se sacudió el vestido y limpió algunas motas de tierra. Pasados unos segundos introdujo dos dedos en su boca y silbó. De entre las cajas de comida salió un pequeño lirón de rayas negras y blancas. Era precioso y al mismo tiempo un jodido animal que me había destorbado el sueño.

- Lo llamaré Efe, en honor a ti y al grandioso susto tan divertido que nos has dado.

- Menudo honor -dije apartando a la bestia de mi lado-. Este bicho lo quiero muerto, o a lo sumo, lejos de aquí.

- El almacén es de todos, haremos votaciones si hace falta.

- Lo que me faltaba, democracia -exhalé un gran suspiro.

Lucía me sonrió y Efe movió su nariz. No me iban a convencer con esas caras de ángeles condenados del infierno.

- ¿Al menos me puedes explicar que haces tú aquí, encerrada, y media hora antes de la hora acordada?

Lo meditó unos segundos.

- Tú también has llegado antes de la hora de siempre -me sacó la lengua-. Pues esperando a Fátima, he estado con ella hace nada, pensé que era ella la que volvía. Igualmente el lirón se llamaría Efe en los dos casos. ¿No te parece una bonita casualidad? Es su destino llevar ese nombre.

- ¿Fátima ha estado contigo? -sentí un gran alivio en ese momento -. ¿Cuando se ha marchado?

- Hará unos diez minutos, me extraña que no te la cruzaras. Me ha dicho que iba a buscar comida para Efe -se encogió de hombros. - ¿Te pasa algo con Fátima?

- Sí, no, bueno, quédate aquí a esperar a los demás, me voy a buscarla, por si acaso decide perderse otra vez.

Lucía me miró con ojos achinados. Estaba claro que no entendía el guión de la película.

Salí escopeteado de la despensa. En diez minutos no habría ido muy lejos, o bien estaba en el bosque, en la misma Arboleda o en el camino hacia el pueblo. Antes de decidirme por uno de los tres, volvió a vibrarme el móvil. ¡Menudo momento más inoportuno!

- ¿Qué quieres, Camilo? Tengo un poco de prisa.

- Blas me ha dicho que buscabas a Fátima, pues bien, creo que la he encontrado, eso sí, no parece ella. Camina de forma diferente, menos bruscamente y con más decisión. Y su mirada me ha parecido más fría que de costumbre. Justo ahora está entrando en tu casa, si quieres te espero para subir, me da a mí que le ha pasado algo y no me atrevo a ser el primero en aguantar sus sucias palabras.

Palidecí al instante.

- Algo no cuadro. Lucía me acaba de decir que Fátima ha salido de aquí hace diez minutos, y se tardan unos veinte minutos en llegar a mi casa, y eso si vas en coche, a pata deben de ser tres cuartos de hora por lo menos -logré balbuciar a duras penas.

Lucía llegó con el lirón entre sus brazos. Con esa sonrisa tan suya que lucía desde hacía tres meses. Una sonrisa circundante y jocosa.

- ¿Las has localizado?

- ¿Sabes si llevaba una bicicleta, su coche, una moto, lo que sea? -me iba a dar algo.

- Me suena que un par de piernas.

- Voy para allá, Camilo -apreté el boton rojo.

- ¿A dónde vas? -su inocencia a veces me daba pavor.

- Lucía, ¿verdad qué es imposible que hayan dos personas iguales en un mismo sitio?

- No deberías meterte con los gemelos, son personas como tú y como yo -pataleó hinchando sus mofletes.

Sin embargo fue el ronroneo de Efe el que me contestó tajantemente. Debía ir a mi casa enseguida. Que remedio, no me quedaba otra que aplazar mi cabezada de los mediodías.

1 comentario:

mimi dijo...

¡:O:O:O:O:O:O:O:O!
QUE FUERTE ME PARECE!
Sigue escribiendo por dios, necesito saber más TT!

Besotes!

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Un cigarrillo a medio fumar. La sombra que piso cuando sale el sol. Hilos que no saben que demonios tejer. Esa mirada perdida. Un socavón de la profundidad de un abismo. Un día gris. Ese puede que sea yo.

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